El hombre que no veía las ambulancias
Los jóvenes miran las ambulancias y hacen chistes cuando pasan los coches fúnebres. Pero pasan los años y las miradas cambian. Poco a poco, las sirenas empiezan a provocar aprensión y los furgones mortuorios encogen el estómago. Las poblaciones se dividen entre aquellas donde el ulular de una sirena es un sonido común y aquellas donde ese ruido hace que las gentes se asomen a las ventanas. Hace 30 años, cuando una ambulancia rasgaba el silencio cacereño, los vecinos cesaban en sus quehaceres para contemplar la excepción vertiginosa. Si viajabas a Madrid, lo primero que te llamaba la atención era la constancia del pitido histérico y alarmante: continuamente estaban pasando vehículos de emergencia alborotando las avenidas sin que nadie les prestara atención. Cáceres es hoy una ciudad con cierto empaque porque es costumbre que los bomberos, los policías o los sanitarios se desplacen a toda velocidad en vehículos llamativos que chillan e iluminan a ráfagas. La gente suele mirar, aunque sin demasiado interés, pero si se trata de una ambulancia, el ojeo no es insistente: se procura no profundizar para evitar la inquietud que nos produce la visión de la desgracia ajena.
Hay otros vehículos que la gente procura mirar poco. Se trata de los furgones de la Cruz Roja. Me suelo encontrar con ellos cuando subo cada tarde a la Montaña. A eso de las tres y media se detienen en la avenida de la Hispanidad y calles adyacentes para que desciendan, a pie o en sillas de ruedas, ancianos impedidos y viejecitas de pelo muy ralo y muy blanco que sonríen cuando sus nietas bajan a por ellas. Los paseantes miramos inmediatamente hacia otro lado. No queremos que nadie nos recuerde el futuro, pero a mí me gusta ver esas imágenes. Me vienen a decir que tengo suerte por vivir en una sociedad donde mi vejez será plácida y también me permiten valorar la suerte que tengo por poder subir a La Montaña cada tarde y deplorar que lo que sucede en Cáceres sea excepcional: en el mundo desarrollado es raro encontrar una nieta que te cuide y en el subdesarrollado, los furgones de la Cruz Roja llevan muertos y heridos, no ancianos.
Hay otros vehículos que la gente procura mirar poco. Se trata de los furgones de la Cruz Roja. Me suelo encontrar con ellos cuando subo cada tarde a la Montaña. A eso de las tres y media se detienen en la avenida de la Hispanidad y calles adyacentes para que desciendan, a pie o en sillas de ruedas, ancianos impedidos y viejecitas de pelo muy ralo y muy blanco que sonríen cuando sus nietas bajan a por ellas. Los paseantes miramos inmediatamente hacia otro lado. No queremos que nadie nos recuerde el futuro, pero a mí me gusta ver esas imágenes. Me vienen a decir que tengo suerte por vivir en una sociedad donde mi vejez será plácida y también me permiten valorar la suerte que tengo por poder subir a La Montaña cada tarde y deplorar que lo que sucede en Cáceres sea excepcional: en el mundo desarrollado es raro encontrar una nieta que te cuide y en el subdesarrollado, los furgones de la Cruz Roja llevan muertos y heridos, no ancianos.


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